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Las palabras también envejecen

Que las palabras tienen vida ya se sabe. Y también, que dan vida, pueden nombrar lo que aún no es y traerlo a la existencia. Hoy va a ser un gran día, por ejemplo. O mi hijo se va a llamar Simón.

En ese gran repertorio que es el léxico, ese diccionario de la mente, habitan diferentes familias de palabras. ¿Cuáles escoge nuestro eficiente bibliotecario mental para cada ocasión? ¿Con qué criterio las selecciona? Me da lo mismo no es igual que No me importa. Suerte y ventura son parientes pero duermen en cuartos distintos.

Algunos verbos son hermanos mayores y se les nota. Observar es mayor que mirar o ver, igual que notar, pero notar es menor que distinguir. Tal vez distinguir sea la madre de todos ellos, y también de advertir, reconocer, identificar. Me pregunto, palabras como sobresalir, destacar, resaltar, que comparten identidad, ¿serán primas o hermanas de cuáles? ¿Hay un árbol genealógico de las palabras?

Cuando nos quedamos en silencio, visiblemente en silencio, ¿en verdad no estamos pensando? Las palabras mudas existen, y muchas veces pueden tener un efecto más devastador que las dichas. Me reservo la opinión, por ejemplo; o No pienso ir.

También están las palabras ausentes, esas que no se nos ocurren, simplemente porque las desconocemos. A las que agrego esas otras, las que no guardamos en ningún anaquel de la memoria, y quizás, de la experiencia.

Son aquellas que, haciendo uso de una voluntad propia, se resisten a salir a la luz, se rebelan y nos dejan nadando a tientas en una laguna sin orillas.

Son palabras obstinadas que fantasean con borrar algunos datos en particular. El nombre del quiosquero de la infancia o una ciudad entre diez que visitamos en un tour. Me dan gracia cómo en su porfía pretenden eliminarse de nuestro disco rígido, nos muestran su poder de venirnos a la mente sólo si ellas quieren, o tal vez estén jugando a las escondidas simulando el No tá, acá tá, que jugamos con los bebés. Pero el quiosquero vive de todos modos en la memoria, su voz, el largo de su brazo alcanzándonos el chocolatín. O la figurita difícil que me vendió en cuarto grado, todavía puedo sentir la suave aspereza de la felpa en el vestido azul de aquella dama antigua con reborde en brillantina.

En el estante de las palabras del alma guardamos con cuidado las de algunos seres queridos, sabios, maestros, con tanto esmero que cuando llega el momento nos da lástima desenvolverlas y sacarlas de su letargo. Parafraseando a Fernando Aramburu, nos resultan tan importantes que las reservamos para ocasiones especiales. Epifanía, por ejemplo, o éxtasis. A veces somos avaros o quizás tenemos la fantasía de que, si las nombramos, si les damos cabida, el momento de éxtasis o la epifanía se podrían esfumar por el sólo hecho de haber sido descubiertas. Por fortuna no somos tan esquivos con la palabra orgasmo, que juega en el mismo equipo; aunque no falta quien prefiera travestirla y usarla de una manera procaz, llamándola polvo, como si degradarla hiciera más llevadero este momento cumbre, más cotidiano, como si eso ayudara a soportar la ingravidez y la disolución del ser a la que nos llevar un orgasmo bien vivido y, sobre todo, bien nombrado.

Y qué sería de nosotros si no existieran las expresiones de aliento, las que acompañan el gesto o la mano en el hombro, Vos podés, Ya va a pasar, No sabés cómo te entiendo. Comparten ADN con esas que cambian de vía, y en lugar de transitar la garganta, encuentran un mejor camino humedeciéndonos los ojos con agua salada, extraída vaya a saber de qué reserva de nuestro cuerpo.

Igual que su dueño, o mejor dicho, que quien las dice, hay palabras íntimas que nos pueden recorrer el cuerpo igual que una caricia. Sos mi vida, por ejemplo; o me gusta cuando me besás acá. Pero antes de seguir quiero hacer doble clic en esto de la posesión. Si las palabras son de todos, ¿cómo es que se habla de que alguien es dueño de sus palabras? ¿Tu mesa es igual que mi mesa? ¿El Te quiero del vecino del quinto piso es igual al del Tercero? ¿Acaso el diccionario tiene el título de propiedad de todos los vocablos?

Algunas palabras nos generan aprensión cuando las vemos juntas, como esos paisajes nocturnos que nos ponen en un estado de alerta, esa cierta indefensión ante lo que desconocemos: ¿Usted quién es? ¿Vas a volver? Porque lo desconocido, convengamos, más allá de su apariencia, es una carta en blanco, una apuesta. Cuántas caras angelicales nos han atravesado una daga y sin siquiera darse vuelta a mirarnos han seguido de largo. Ese miedo no es a las palabras desconocidas, a no saber su significado, sino a las que se agrupan estratégicamente para dejarnos del otro lado, mirando como niños, la vidriera de una juguetería.

Sustantivos como duda, ignorancia, enfermo, connotan un estado similar de indefensión, de desconocer el fondo de ese cubo de roble que nos circunda y en el mismo espacio-tiempo podría tanto contenernos como expulsarnos.

No hay que olvidar que los números también son palabras. Veinticuatro, por ejemplo. Pero son tan universales que dependen de otras palabras que les den valor o contexto. Veinticuatro horas o kilates, veinticuatro clases o litros. Los números parecen perfectos y autosuficientes, pero aún la geometría más exacta necesita de la palabra como vehículo de su esencia. De lo contrario, no sería.

Las palabras de la salud son miembros de clubes muy variados. Alimento, hormona o tomografía; buen descanso, neurociencia o sedentarismo se duchan en vestuarios distintos. No es bueno mezclar el atlas de anatomía con el de meditación, o el resultado de un análisis clínico con la receta de una torta sin harina. ¿O sería lo ideal, más holístico?, ¿lograría el casamiento entre Oriente y Occidente del que habla el monje benedictino Bede Griffiths?

Están las palabras jóvenes, turgentes, y las antiguas, color sepia. No confundir con las que pasan de moda o las vintage. Unas dependen de una época, otras revelan la edad de quien las usa. Usar, qué verbo prepotente para referirse a las palabras… ¿Antigua es una palabra que ya no aparece más o es la que representa otra época? Ovnilogía fue recientemente aceptada por la RAE pero la ciencia a que hace referencia es tan remota como los antiguos egipcios. ¿Qué es lo que hace verdaderamente añeja a una palabra? ¿La costumbre, el algoritmo, el desuso? ¿Una palabra como amor puede ser atemporal? En todo caso, ¿podría ser eterna como lo son algunos amores?

Palabras con o sin alma. Palabras cálidas, palabras frías. ¿Cuál es más fría: heladera o adiós?

Hay algo muy interesante con la vejez de las palabras. Algunas pierden vigencia. La frase Peso cincuenta y seis, en mi caso, dejó incluso de ser cierta, ya no describe algo actual. Estoy feliz, tiene una relatividad ligada al tiempo: ¿lo soy de una vez y para siempre o podría ser una suma de verdades parciales con fecha de vencimiento? Igual que Tengo hambre o Deme un pasaje hasta Mercedes. Evidentemente, no todas tienen el mismo tiempo de caducidad.

Las que más pena me dan de este último grupo, son las que tienen que seguir prestando servicio aún después de jubilarse. Tengo miedo a los fantasmas es un caso que lo evidencia. Y es más común de lo que se cree, porque aún siendo personas maduras, lo que muchas veces tememos es a algo inexistente, a una potencialidad que bien describen los niños bajo el amparo del fantasma, y lo hacen mejor que nosotros, los adultos, con nuestra suspicacia, con nuestra tendencia a la preocupación anticipada, mejor definida como ansiedad o angustia.

A veces la guitarreada terminó y uno se queda coreando un estribillo. No sé para qué le dije. Semanas más tarde seguimos pensando No sé para qué le dije, y en vez de ubicar estas expresiones en el lugar de la historia, les devolvemos la vida y agregamos otras que pudimos haber dicho, las que se merecía, las que no se nos ocurrieron para retrucar. Estos estribillos nunca son inocentes. Se valen de la retórica de la mente, de su retorno como olas para actualizarnos una vez y otra el dolor o la pérdida, la frustración de un fracaso, con el mismo impacto que en el momento cero. Como si las reserváramos especialmente para cuando queremos herirnos. Las pulimos y las usamos como un bisturí y segundos después nos quedamos atónitos ante la evidencia. Esos estribillos suelen travestirse de objetividad o de grandes verdades: ahora sí, seguro que tengo cáncer, o nunca voy a llegar.

No olvidemos que muchas palabras conviven en un gran loft donde se mezclan, promiscuas, y son capaces, incluso, de hacer las paces con su mayor adversario. Palabras sin escrúpulos, a veces deshonestas cuando se nos muestran desvalidas y en lugar de desactivarse insisten en compartir la sobremesa de la memoria e instalarse a fuego. Necesito un tiempo, por ejemplo, puede significar una decisión saludable o una de las mayores cobardías, la de enmascarar el abandono.

Con ellas, ni paciencia ni clemencia. No nos van a doler por siempre, no nos van a quitar el derecho a la esperanza. Lo que no fue no significa que no pueda ocurrir. Ni dolor, ni infierno deberían durar más que los pocos segundos en que son pensadas o dichas. Ni siquiera deberíamos tenerlas en cuenta. Yo descubrí su punto de dolor y quiero compartirlo: son palabras narcisistas que se regodean con la victoria de ser nombradas como esos temas de los que no recordamos quién los cantaba ni en qué álbum estaban. Tal vez fueron un hit en su momento, pero ahora no hace falta darles cabida. Podemos condenarlas al peregrinaje eterno de las almas errantes que ya no tienen cuerpo ni destino. Hasta que agoten sus fuerzas y no les quede energía para arrastrarnos en su caravana.

Y sí, las palabras tienen alma. Y también envejecen. Nota publicada en: https://www.pagina12.com.ar/2026/04/21/las-palabras-tambien-envejecen/

 
 
 

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